Una de las cosas que extraño mucho de mí es tener un tiempo donde no existen etiquetas. Donde simplemente no soy nada. No soy el responsable, el que todo lo puede. A veces no quiero ser nada.
A veces quisiera no ser y simplemente ser. No quiero ser el trabajador, el responsable, el amigo, el hijo, el hermano, la pareja, el maestro, el que escucha. Quisiera no ser.
Quisiera simplemente ser. Quedarme tranquilo y simplemente existir, respirar. Poder quedarme tranquilo con mis pensamientos, poder quedarme con mis sombras y mis heridas y sanar. Poder tener tiempo para enfrentar mis miedos, mis frustraciones, mis duelos. Tener tiempo para poder bailar un rato con lo que no me hace bien y sanarme.
Quizás lo que quiero es poder escucharme a mí mismo. Me acostumbré tanto a ignorar lo que estaba mal en mí que llené mi vida con compromisos de trabajo. Porque es más fácil tener una excusa que enfrentarse a la realidad. Porque es más fácil decir que uno está ocupado que poder escucharme. Porque siempre hay una exigencia de algo: de ser el fuerte, el que todo lo puede, el que todo lo sostiene, el responsable, el que nunca falla, el que todo lo sabe.
Quiero verme como soy y enfrentarme a mí mismo. Quiero ser el débil, el que falla, el que no lo puede con todo, el que escucha sus miedos y los atiende, el que no puede sostenerlo todo, el irresponsable, el imperfecto.
A veces me da vergüenza que me digan algo bueno de mí cuando siento que no lo soy. Quizás por la misma exigencia, por el mismo perfeccionismo.
He arrastrado décadas de heridas, de rechazos, de abandono, de no lograr algo, de no cumplir con las expectativas. Me he escondido detrás del “estoy bien” cuando en realidad me quemo y me muero por dentro.
A veces me siento egoísta por desear darme un espacio para mí. A veces me siento un hipócrita porque no digo cómo en verdad me siento. Quizás solo soy un reflejo de lo que guardo. Quizás solo llevo puesta una máscara para simplemente poder sobrevivir en este mundo. Quizás toda la vida he hecho el “fake it until you make it”, pero siento que el tiempo ha sido largo.
Quizás tenía más herramientas antes. Y ya no. Quizás nunca las tuve. Quizás las dejé tiradas en el pasado, en algún punto donde tuve que ser algo o alguien para los demás. Me perdí en mis pensamientos y simplemente dije: “lo dejo para luego”. Quizás me descuidé a mí mismo porque alguien me necesitaba.
¿Y ahora qué hago? Pues no sé. Porque siempre que intento salir del pozo profundo aparece una excusa diferente: no tengo el tiempo, no tengo el dinero, no sé por dónde empezar o qué dirán de mí. Aparecen las voces de mis versiones… las versiones de mis etiquetas. Y a veces es difícil callarlas.
Eso es lo triste, y me enojo conmigo mismo. Porque estoy programado ya para buscar una excusa para no trabajar con lo que necesito trabajar. Se me hizo más fácil ocupar mi vida en trabajo y en actividades para “despejar mi mente”, cuando lo que he hecho es dejarlas en una esquina, como esperando a que alguien más lo recoja y lo limpie.
¿Soy egoísta por querer curarme? No lo sé. Pero esto solamente me toca a mí.
—Entre Líneas y Desorden para Tercera y Cuarta Vigilia



Hola. Es impresionante como escribes. Tu texto es profundamente honesto y vulnerable. Se siente ese peso de las expectativas y, al mismo tiempo, el deseo genuino de encontrarte contigo mismo sin máscaras. Muchas gracias por compartir un relato tan auténtico.
Te entiendo y te abrazo. Qué jodidez la mente que nos programaron a todos.